

Cuando, hace unos días, propuse un cementerio privado, colegios privados, teatros privados y otros privados para los distinguidos residentes del Condado, no pedí también un servicio privado de autobuses eléctricos porque dichos conciudadanos---¡perdón, por el atrevimiento!---no habían impugnado como ineficaces los medios de transportación por aquel sector. En realidad, en la reciente audiencia por la Comisión de Servicio Público, manifestaron que allí no hacía falta mejorar el servicio existente. Ni le tiraron pedrada alguna a los tranvías eléctricos. Los representantes legales de estos señores dejaron implícitamente apuntado el razonamiento de que, puesto que los residentes del precinto sagrado todos poseen elegantes y cómodas limosinas para trasladarse a donde les apetezca, y puesto que, a mayor abundamiento, ya hay funcionando un servicio público de transportación---el carro eléctrico---, las odiosas, ruidosas y malolientes guaguas, atiborradas de plebe indeseable de los barrios bajos del noreste de Santurce, eran de todo punto innecesarias e inconvenientes. ¡Adiós, paz del Condado! ¡Adiós, perfumes y fragancias del Condado! ¡Adiós, belleza panorámica del Condado! ¡Ahí vienen las guaguas! ¡Ahí viene la gentuza del Machuchal y Seboruco! ¿Qué nos importan los treinta mil visitantes pobres del Hospital Presbiteriano? ¿Qué los parientes pobres de las niñas de la escuela "Saint John"? ¿Qué los cien empleados pobres del Hotel Condado? ¿Ni los diez del Hotel Bellevue?... ¡Fuera la plebe!
Pero, ahora resulta que los intocables piden que se mejore el servicio público de transportación por el Condado. Ahora hablan del "desarrollo extraordinario de la barriada Condado"; de "sus nuevas construcciones"; de las nuevas construcciones de "sus sitios adyacentes"; y de que, debido a ese desarrollo y a esas construcciones, "se hace necesario, indispensable y conveniente que el servicio hasta la fecha prestado por la Puerto Rico Railway Light and Power Co. sea mejorado, ampliado y reorganizado, de modo que pueda prestarse a los vecinos de dicha barriada y sitios adyacentes un servicio eficiente, rápido y adecuado, ya que el actualmente prestado es inadecuado, tardío y poco práctico." Ahora, nos informan que, en el Condado, existe un "problema de transportación" que es menester resolver. Ahora, ellos para quienes el ruido es un infierno, admiten que han estado viviendo en su vecindad durante treinta años, al manifestar que "los tranvías eléctricos hacen ruido considerable." Ahora, el establecimiento de las mejoras por ellos propuestas al servicio de transportación por el Condado, "se hace absolutamente necesario y es sumamente conveniente a los intereses de la totalidad de los habitantes del Condado y sitios adyacentes."
¿Se les esfuma la esperanza de que la Comisión de Servicio Público atienda favorablemente la absurda pretensión de estos bendecidos por la fortuna de que las calles y avenidas del Condado sean consideradas como su propiedad privada, por las cuales no podrían transitar más que aquellos vehículos que a ellos parezcan elegantes y decorativos, silenciosos y perfumados? ¿Qué ha ocurrido que ahora hay un problema de transportación en el precinto sagrado? ¿Qué taponaba el sentido auditivo de los serenísimos, que es ahora que hacen considerable ruido los tranvías eléctricos? ¿Qué repentino liberalismo los ha sobrecogido, que ya no hablan de sí nada más, sino que tienen en cuenta y defienden también a los vecinos de los "sitios adyacentes" al Condado, en los que viven unas gentes que no han gozado de iguales fortunas que las suyas.
Pero, ¿qué es esto que piden, ahora, los aristócratas del Condado? Pues, ahora piden más que antes. Hasta ahora, no tenían problema de transportación. E ignoraban el problema de transportación de los pobres del Presbiteriano, de la escuela "Saint John", del Hotel Condado, del Hotel Bellevue, etc. Hasta ahora, lo que tenían ante sí, como repugnante amenaza que no les dejaba sosiego mental, era el tránsito, junto a sus verjas de hierro, frente a sus bellos jardines, en contraste con sus señoriales palacetes de unas guaguas estrepitosas y mastodónticas, malolientes a gasolina y atestadas de gentes sudorosas, de tez etiópica, procedentes de la calle Loíza, del Machuchal y del Chícharo, de Seboruco y Sunoco, que habrían de profanar el sagrado precinto de su vecindario y de dejar en él ofensivas emanaciones... Hasta ahora, lo que pedían era, meramente, un discrimen contra la línea de guaguas "White Star", contra la plebe del Machuchal, Loíza, Chícharo y Seboruco. Pedían que a las guaguas no se les permitiera profanar su vecindario. Alegaban que los residentes de dicho vecindario no estaban necesitados de mejores medios de transportación. Pero, ahora piden mucho más. Insisten en su pretensión de discrimen contra la White Star y contra la plebe mencionada; insisten en su inaudita petición de que se les otorgue franquicia exclusiva sobre las calles y avenidas del Condado; y, además, piden otro privilegio: servicio de transportación por autobuses eléctricos, dentro de los límites del Condado, de modo que el actual servicio prestado por la Compañía de la Luz deje de ser "inadecuado, tardío y poco práctico", y para que desaparezcan, automáticamente, los actuales tranvías eléctricos, que "hacen ruido considerable. "Es decir, estos beneméritos señores del Condado que posiblemente en un 98 por ciento de su número total, poseen automóviles---a veces dos y tres, una sola familia---solicitan ahora de la Comisión de Servicio Público que obligue a la Puerto Rico Railway Light and Power Co. a mejorar su servicio de transportación exclusivamente a lo largo de la corta franja del Condado servida por dicha Companía. Y, ¡al basurero las guaguas, y a los arrabales la plebe!...
Se ignora cómo le ha caído a la Compañía del Trolley la peticioncita de los intocables.
La pequeña solicitud, de ser concedida, le impondría a dicha Compañía---que está destinada a tener que vender sus propiedades al Pueblo de Puerto Rico---una inversión adicional que fluctuaría entre ochenta y cien mil dólares, para la compra de no más de cinco autobuses eléctricos, que suponemos es el número mínimo de tales coches con que se conformarían los serenísimos.
Se ignora, igualmente, la suerte que correrá dicha petición. Estoy casi por decir que, si yo fuera Comisión de Servicio Público, concedería el privilegio que solicitan estos compatriotas. ¿Por qué no hemos de tener también los portorriqueños un pequeño grupo de linajudos, por si nos viéramos, algún día, en apuros de colapso democrático y tuviéramos que implantar la monarquía boricua? Para entonces, es menester que vayamos preparándonos, y el primer paso puede que sea éste de declarar precinto sagrado, con todas sus exclusivas pertenencias, a la distinguida barriada el Condado, en donde podría originarse el primer príncipe y rey de la dinastía boricuo-antillana.